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Soledad y Abandono, ¿es “malo” sentirlos?

March 29, 2013
SOLEDAD Y ABANDONO
Ofrezco al Padre este comentario en reparación de aquellos padres que,
en vez de enseñar a sus hijos desde la tierna infancia el camino del sacrificio, para hacerlos resilentes,
estos días de guardar, de contemplar,
prefieren llevarlos a la playa, para fomentarles la concupiscencia de la carne.
por JOSÉ A. PÉREZ STUART

Hace un par de días me permití compartir algo que escribí en torno al EPISODIO DE ANSIEDAD que sufrió Jesucrito en el Huerto, y caracterizado, entre otras cosas, por su sudoración (incluso sanguínea); su miedo a la muerte, sus lágrimas y demás…

Pues bien, otro de los episodios que también solemos padecer algunos de nosotros, es el de la SOLEDAD y el sentimiento de ABANDONO.

Al igual que con el llanto y otros signos de los episodios de ansiedad –como la sudoración, el miedo a la muerte y demás…–, en el caso de la SOLEDAD y el sentimiento de ABANDONO, hay católicos que miran a quienes llegamos a sufrirlos como sujetos débiles, faltos de fe y poco “resistentes”. O, para decirlo en términos muy modernos, como individuos de baja “resilencia”.

Hoy deseo compartir extractos de lo que un sacerdote escribió. Me parece magnífico para ubicar Jesucristo, como sujeto de la soledad y el sentimiento de abandono. ¿También se la calificará de que le faltaba fe o que el Hijo de Dios era poco confiable, en vista de que sintió abandono y sufrió de soledad?.
Como en el caso de los episodios de ansiedad y el llanto  –reacciones que son propias de la naturaleza humana debilitada–, tanto Jesucristo como la Virgen María, que los padecieron , nos presentan una forma de enfrentarlos: el llamado por algunos teólogos, como Tadeusz Dajczer, “el ejercicio dinámico de la fe”, que consiste en la santificación del dolor, mediante la aceptación y y confianza plenas en la voluntad del Padre. Veamos:

Una de las principales características de la Pasión de Nuestro Señor es la soledad: el abandono, prácticamente total, por parte de los hombres; y el desamparo, aparente pero sensible y perceptivo, de su Padre.

En cuanto al abandono humano, las citas de los Evangelistas son claras: “Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo”; “Todos os escandalizaréis de mí en esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas“; “Vino entonces donde los discípulos y los encontró dormidos; y dijo a Pedro: ¿Conque no habéis podido velar una hora conmigo?

Respecto al desamparo del Padre basta contemplar las tres horas de agonía en Getsemaní y las palabras de Jesús sobre la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.

 Para cumplir con el plan divino trazado para Ella, María Inmaculada debía pasar por la soledad, el abandono y el desamparo…

Para que los designios de Dios sobre la Iglesia se ejecuten, ella debe sufrir su pasión, padecer soledad y abandono.

****

 

Había llegado el día… ¡Qué momento aquel! Al partir Jesús con sus discípulos lo siguió hasta que se perdió de vista, con el Corazón oprimiéndosele a cada paso… Y al cerrar la puerta, sintió que la casa estaba sola. Experimentó esa terrible sensación de saber que ya no se oirían otros pasos que suyos…

La soledad es uno de los sufrimientos más profundos del ser humano… Pero, ¡qué dura fue la soledad de María, después de haber compartido treinta años con el Hijo de Dios! Sí, la soledad de la María comenzó mucho antes del Viernes Santo…

Pero Nuestra Señora supo santificar ese dolor de la separación y de la soledad con fecon entereza, con caridad; aceptando obediente la voluntad de Dios…

Pero ahora se le representó nuevamente la funesta escena desarrollada aquel día, los clavos, las espinas, las carnes laceradas del Hijo, las profundas llagas, la osamenta descarnada, la boca abierta y los ojos obscurecidos…

¡Qué noche tan dolorosa fue aquélla para María!

Mirando la Dolorosa Madre a San Juan, le preguntaba con acento de dolor: Juan, ¿dónde está tu Maestro?… Y a continuación preguntaba a la Magdalena: Hija, dime dónde está tu amado… ¿Quién te lo ha arrebatado?

¡Qué horas aquellas antes de la resurrección! ¡Qué soledad tan diversa de aquella, tras la despedida de Nazaret! Es la soledad tremenda que deja la muerte del ser querido.

Así la describía Lope de Vega con gran realismo en su hermosa poesía Con la mayor soledad:

Sin Esposo, porque estaba

José de la muerte preso;

sin Padre, porque se esconde;

sin Hijo, porque está muerto;

sin luz, porque llora el sol;

sin voz, porque muere el Verbo;

sin alma, ausente la suya;

sin cuerpo, enterrado el cuerpo;

sin tierra, que todo es sangre;

sin aire, que todo es fuego;

sin fuego, que todo es agua;

sin agua, que todo es hielo…”

 

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